Nací en Buenos Aires, Argentina, hace 29 años y he vivido la mayor parte de mi vida aquí. Desde muy chica me perturbaba la desigualdad social, la injusticia, la violencia y la discriminación, y estaba convencida de que quería hacer algo para cambiar eso: soñaba con tener mi propia escuela cuando fuera grande. Entonces estudié Ciencias de la Educación en la Universidad de San Andrés en Buenos Aires y trabajé como profesora de Secundaria y en proyectos educativos de diferentes organizaciones.

Persiguiendo el deseo de vivir fuera del país por un tiempo, en 2010 viajé a Inglaterra para cursar un Máster en Educación en la Universidad de Bath. Apasionada aún por crear mi propia escuela, presenté el diseño de una escuela imaginaria como mi tesis. Una de las cosas más importantes que me dio el viaje fue la posibilidad de relacionarme con personas de diferentes lugares del mundo y poder conocer y comprender otras formas de pensar y vivir. También, conocí ahí a la profesora Kelly Teamey. Ya de regreso en Buenos Aires, a fines de 2012, Kelly y su marido, Udi Mandel, me invitaron a participar de un proyecto en el cual se habían embarcado hace poco tiempo: Enlivened Learning (www.enlivenedlearning.com). Visitarían y aprenderían de iniciativas de educación superior alternativas en diferentes partes del mundo, en su mayoría creadas por comunidades indígenas y movimientos sociales. También filmarían una serie de documentales y escribirían las reflexiones de sus experiencias en un blog. Comencé traduciendo algunos de sus escritos al español y luego me invitaron a viajar con ellos en Brasil e India.

Esta experiencia no sólo me introdujo a nuevas formas de entender la educación y el aprendizaje, sino también a nuevas formas de vivir y de relacionarme. En todos estos lugares los aprendizajes eran el resultado de una combinación de mente, cuerpo y corazón, y la mayoría de las iniciativas de alguna forma reclamaban una cultura, forma de aprender y de ser locales.

Esta experiencia también me ayudó a darme cuenta de que los trabajos que había elegido y las diferentes actividades de las que había participado en el pasado, si bien necesarias y de alguna forma positivas para las personas directamente involucradas en ellas, seguían reproduciendo las mismas condiciones de pobreza, desigualdad y colonización. Lo que necesitamos son cambios más profundos: cambios en nuestras formas de pensar, sentir y hacer, cambios en las formas de relacionarnos con otros y con todo lo que nos rodea, cambios en nuestras formas de aprender y en lo que entendemos como aprendizaje. También comprendí la necesidad de abandonar esta idea de “La Educación” como una entidad independiente, como el camino para la salvación y el desarrollo, y comenzar, más bien, a entender el aprender como una parte más de nuestra vida, relacionado directamente con nuestra forma de ser en el mundo.

Con algunas de estas ideas ya en mente, a fines del 2013 comencé a formar parte del equipo que crearía la Escuela Secundaria de la Universidad Nacional de San Martín (UNSAM): una escuela creada especialmente para los jóvenes que viven en los asentamientos linderos al relleno sanitario de la ciudad (http://unsam.edu.ar/escuela_secundaria/). Es un proyecto llevado adelante por el Ministerio de Educación, la universidad y las organizaciones sociales de la zona, y su intención no es que los estudiantes se adapten al sistema escolar, sino crear una institución especialmente para ellos, basada en un pensamiento y enseñanza situados, en el cual la comunidad no es una receptora de educación, sino que participa en su diseño. Si bien el proyecto es una escuela del sistema educativo argentino, se asemeja en muchos aspectos a algunas de estas iniciativas que conocí gracias a Enlivened Learning. Trabajar aquí me permitió poner en práctica algunas de estas ideas  y también experimentar la importancia de involucrarme en cuerpo y alma con un proyecto y con las personas con las que convivo ahí a diario (adultos y jóvenes). Experimenté una profunda empatía y aprendí a poner estos sentimientos en práctica en diferentes procesos de enseñanza y aprendizaje.

Sin embargo, muchas veces en la escuela me encuentro en desacuerdo o incómoda con ciertas ideas y prácticas que están directamente relacionadas a la educación formal. Si bien como dije más arriba, hay una forma de estar y de relacionarnos, así como una búsqueda por tratar las problemáticas que conciernen a los estudiantes y diseñar una enseñanza que se ajusta a sus necesidades y potencialidades, que no se encuentran en cualquier institución educativa del sistema formal, persisten aún algunas cuestiones de las que no nos podemos librar. Seguimos aún  preguntándonos por el currículum: experimentando la tensión entre lo que debemos enseñar, las necesidades y problemáticas que surgen del contexto, y lo que los estudiantes quieren aprender. Tratamos de pensar de forma situada, teniendo en cuenta los conocimientos, puntos de vista, creencias, valores y problemáticas de los barrios de donde vienen nuestros alumnos, pero muchas veces siento que esto no es suficiente. Porque nunca estaremos del todo situados para llegar a comprender y sentir lo que a ellos les pasa, a menos que vivamos con ellos. Porque muchas veces, estos aspectos que tenemos en cuenta se convierten más bien en puntos de partida o puertas de acceso para acercarles un determinado conocimiento que nosotros queremos enseñar, y de alguna forma terminamos imponiendo; en vez de buscar con ellos qué enseñar y aprender. Los grupos en las clases siguen siendo numerosos, entonces, aunque intentemos conocer a cada alumno en profundidad, se vuelve muy difícil para un profesor involucrarse con cada uno de sus alumnos, y acabamos despersonalizando y homogeneizando. Los tiempos, determinados de antemano, también despersonalizan, y nuestros cuerpos, si bien buscamos espacios alternativos, siguen restringidos por dispositivos y estructuras escolares.

Estas, de forma sintética, son algunas de las preguntas que me hago a mí misma y que, junto con todas las otras experiencias vividas, me ayudan a confirmar que he dejado atrás el sueño que tenía cuando era pequeña: ya no quiero crear una escuela como la que diseñé en mi tesis, sino un espacio para el aprendizaje, el desarrollo de potencialidades y la construcción de comunidad. Me gustaría poder crear, junto con otros, un espacio que sirviera como una opción, una alternativa, a la educación formal.