Reflejos de Noctilucas

Escritura libre y creativa

Cuando era chica me encantaba inventar historias con mi hermana que luego interpretábamos con las Barbies, los peluches, los pinipones, las Pollypocket, las muñecas de papel, cualquier muñeco. Era nuestro juego preferido. Podíamos encerrarnos en una habitación por fines de semana enteros construyendo de forma conjunta mundos paralelos. Cada una iba agregando cosas que siempre tenían sentido para la otra. Era algo profundamente colectivo. Excepto por escasas ocasiones en que tenía que censurar alguna acción o diálogo sugerido por ella, porque claro, la grande soy yo y yo decido.

A veces las historias estaban basadas en nuestras vidas o en vidas que imaginábamos reales a partir de lo que veíamos por la tele o en la calle. La villa la Cava a la que mirábamos desde afuera y «Chiquititas» eran fuentes de inspiración para estas historias, o los objetos de los museos a los que íbamos en las vacaciones de invierno en diferentes provincias. Otras veces eran completamente fantasiosas, mágicas, con intervenciones de los seres que habitaban los libros de cuentos que leíamos. A veces teníamos que tener todos los elementos para jugar y entonces nos pasábamos una tarde entera recortando imágenes de la revista de ofertas del Disco para que las muñecas de papel tuvieran comidas, muebles, un ventilador de techo. Otras veces, era todo imaginado, como las familias de elefantes cuya silueta dibujábamos en la arena. (Este era un juego que se podía jugar sólo en verano, claro). Mamá y papá creo que no sabían bien qué hacíamos en la orilla, ni siquiera la gente que pasaba y nos miraba. El juego consistía en dibujar estos elefantes que vivían historias a través de nuestra imaginación y nuestras palabras. Nos contábamos una a otra lo que hacían. Desde afuera, la silueta estaba quieta sobre la arena, pero en nuestro mundo estaban pasando miles de cosas.

Además de los juegos con Popi, algo de lo que disfrutaba mucho era de escribir cuentos. Generalmente lo hacía en la escuela y unas pocas veces los escribía para mí. Me divertía cuando nos daban una consigna y teníamos que tratar de imaginarnos algo con ella.

¿Qué pasó? ¿Qué pasó que a mis veintitantos ya no escribía cuentos ni imaginaba historias?

Me acuerdo de estar en el consultorio de una psicóloga a la que me habían mandado sin que yo tuviera muchas ganas. El primer día me dijo «hacé un dibujo». Lo hice. Y luego, «escribí un cuento». No sabía qué escribir. Me bloquié y me costaba inspirarme con mi dibujo. Escribí cualquier cosa que no me gustó. A la semana siguiente se planteó la misma situación, las mismas instrucciones y de nuevo el bloqueo. A la tercera semana, la noche antes de la sesión, pensé: «ésta no me la va a hacer difícil de nuevo». Y me fui a la repisa a elegir algún cuento escrito por otra persona para transcribirlo mañana. Cuando me pidió que hiciera un dibujo, dibujé algo relacionado al cuento, y después, el cuento fue una papa. Sentí que le había ganado.

En el colegio en general las maestras me decían que mis cuentos eran buenos. Pero me acuerdo de un día en que (la llamaremos) Marcela escribió un cuento que le encantó a la maestra y nos explicó a todos por qué era tan bueno. Marcela me lo refregó por la cara. Y debían tener razón en que mi cuento no era muy bueno porque el 10 de siempre ahora era un 8 y la maestra me comentaba algo sobre que estaba muy bien escrito pero que me faltaba creatividad.

Fui creciendo en la escuela y cada vez nos pedían que escribiéramos menos cuentos y más análisis literarios, más trabajos prácticos, más ensayos.

Poco a poco es como si me hubiera ido olvidando. Escribir era una actividad que sólo hacía para sacarme una buena nota para aprobar alguna materia. Y había tantas reglas! Es cierto que todavía disfrutaba una materia en el secundario: Literatura en inglés, porque la «miss» nos hacía analizar en profundidad lo que leíamos y nos decía que eso nos daría herramientas para nuestra propia escritura, la que a veces practicábamos escribiendo algún final de capítulo inventado y esas cosas.

La cuestión es que a los ventitantos ya no escribía. Sentía que eso era para creativos, para iluminados, como mi abuelo que sí escribía.

Al empezar el viaje, empecé a llenarme de historias y algunas personas me pedían que les contara sobre el lugar en el que había estado antes. Empecé también a darme cuenta de que disfrutaba de contar historias. Y de pronto se me ocurrió un cuento cuando estaba en Perú que no me animé a escribir. Y de pronto alguien me comentó que “se sentía que estaba ahí” cuando le contaba sobre alguna experiencia del viaje.

A los 30, entonces, decidí que quería empezar a jugar con esto de las historias. “Una probadita”, a ver si me acuerdo, a ver qué sale. Me anoté en un taller de escritura creativa online y ahora me encuentro en Jordania rodeada de cuenta-cuentos. Me dieron ganas también de compartir algunas de las cosas que estuve escribiendo. Por lo tanto, en esta sección de la página publicaré cuentos, poesías, descripciones, cualquier texto que me nazca escribir sin la necesidad de que sea explicativo o reflexivo como los textos del blog. Como el nombre lo indica, escritura libre y creativa. Igual, seguramente la mayoría de los textos reflejarán la luz de muchas de las noctilucas.

Si se animan, los invito a comentar cuál es su relación con la escritura. ¿Se acuerdan de momentos que puedan haber ido definiendo esa relación?